20 marzo, 2008

Editorial de CODHES


El fin del fin justifica los medios?

El gobierno se empeña en la opción militar para derrotar a las Farc y la muerte del jefe guerrillero Raúl Reyes en territorio ecuatoriano tiende a consolidar esta alternativa y a cerrar las vías del diálogo y la negociación política.

El gobierno se empeña en la opción militar para derrotar a las Farc y la muerte del jefe guerrillero Raúl Reyes en territorio ecuatoriano tiende a consolidar esta alternativa y a cerrar las vías del diálogo y la negociación política.

La estrategia oficial es usar inteligencia con asesoría de Israel, ataques aéreos con tecnología de Estados Unidos, dinero y beneficios para presionar deserciones de guerrilleros y ofensiva mediática para anunciar el “fin del fin”.

El gobierno prioriza el fin y relativiza los medios para lograrlo. En su afán por capturar o dar de baja a los guerrilleros el gobierno usa métodos cuestionables que van desde la captura en forma irregular de rebeldes en países vecinos, hasta operaciones aéreas y en tierra que violan la soberanía, como acaba de ocurrir con Ecuador, pasando por el uso de bombas clúster o “bombas racimo”, que constituyen un peligro para los civiles en un conflicto bélico debido a su imprecisión y a su amplia dispersión.

Los resultados en bajas, capturas y deserciones le dan la razón al gobierno y crean una sensación colectiva de victoria inminente. No obstante, hay por lo menos cinco factores que podrían ser considerados en el momento de un análisis menos apasionado y más realista del rol que juegan las Farc en la evolución del conflicto armado en Colombia. Estas observaciones son el resultado del trabajo en terreno de CODHES y del seguimiento y análisis del conflicto armado como causa de desplazamiento forzado en el país.

Reclutamiento masivo

El primer factor tiene que ver con el reclutamiento masivo de guerrilleros de las Farc en todo el país, que indica una capacidad de reordenar sus estructuras, aunque con muchas debilidades en el proceso de formación política y en la formación de mandos responsables.

El reclutamiento de las Farc no es selectivo sino masivo, en un esfuerzo por suplir las bajas y las deserciones en sus filas. “Actúan como un ejército de ocupación” según señaló un sacerdote que intentó frenar el reclutamiento de jóvenes en el sur del país. El reclutamiento o el miedo de los padres a que se lleven a sus hijos para la guerra, está presionado el desplazamiento forzado en los últimos dos años, según lo advirtió CODHES en su último informe.

De acuerdo con el Ministerio de Defensa, las Farc pasaron de 20 mil a 13 mil efectivos entre 2002 y 2007, lo que significa bajas por muerte, captura o deserción de más de 7 mil combatientes. Según la revista Cambio, las Farc pasaron de 16.900 efectivos en la época del Caguán a 8.900 en la actualidad. Descontando los falsos positivos, es evidente que la ofensiva del gobierno ha dejado numerosas bajas en la guerrilla. Lo que emerge como un hecho significativo para la “sostenibilidad” del conflicto armado es el reclutamiento masivo, que incluye, además de las Farc, a los paramilitares y, por supuesto, a la Fuerza Pública , que en 2002 tenía 220 mil efectivos y en 2008 ya acerca a 500 mil (la meta es de 560 mil en 2010).

Es muy probable que en los últimos tres años las Farc haya logrado restituir por la vía del reclutamiento las bajas que le han provocado las Fuerzas Militares, lo que no necesariamente implica una dinámica de crecimiento, pero sí una cierta sostenibilidad.

Expansión territorial

El segundo factor está asociado a la capacidad de expansión de la guerrilla de las Farc. Desde sus orígenes esta guerrilla ha transitado una experiencia exitosa de reacomodamiento dentro del territorio nacional.

Las primeras columnas de las Farc se asentaron en Marquetalia, El Pato, Rio Chiquito y Guayabero, entre los departamentos del Huila, Cauca y Tolima. La ofensiva militar de 1964-1965 provocó un repliegue hacia la zona de La Uribe , en el departamento del Meta, epicentro de otra gran ofensiva del Ejército en 1991, que provocó un repliegue más estratégico hacia la zona del Cagúan en el departamento del Caquetá.

Es de suponer que, desde antes de la ruptura de los diálogos con el gobierno del presidente Pastrana (enero de 2002), las Farc crearon las condiciones para un repliegue hacia los departamentos del Vaupés y Vichada, hoy incorporados plenamente al mapa de la guerra en Colombia.

El repliegue no es total. En las zonas tradicionales se mantiene la presencia de la guerrilla, lo que asegura una expansión efectiva de sus efectivos en el territorio nacional (Nariño y Putumayo, Guaviare, Norte de Santander y Arauca, Valle del Cauca, Chocó, Tolima, Huila y Caquetá, Serranía de Abibe, Montes de María, Sierra Nevada de Santa Marta y Sierra del Perijá, Eje Cafetero, Urabá y Nordeste de Antioquia, entre otras regiones).

Los golpes más contundentes de la Fuerza Pública contra las Farc, en términos de desarticulación de sus estructuras y capacidad de combate, se han concentrado en Cundinamarca, la zonas de los Montes de María, en los límites de Guaviare y Vaupés y, ahora, en el fronterizo departamento de Putumayo. Vale anotar que, después de los departamentos de Vaupés y Vichada, el conflicto armado tiende a copar los extensos territorios de Guainía y Amazonas.

Historia y mística

El tercer factor tiene que ver con la cohesión, la mística y la voluntad de lucha de la guerrilla, cuyos símbolos y liderazgos se mantienen y deben ser considerados en el momento de analizar su situación.

El comunicado de las Farc que confirma la muerte de Raúl Reyes califica este hecho como un “homenaje a todas y todas los camaradas caídos en combate”. El líder máximo de las Farc, Manuel Marulanda Vélez (cuya efigie aparece en la camiseta que vestía Reyes cuando cayó abatido), sigue siendo el referente emblemático de una guerrilla que, tradicionalmente acude a su historia de más de cuatro décadas para reafirmar su decisión y capacidad de seguir adelante.


La insistencia en el canje humanitario de secuestrados por prisioneros de las Farc en poder del Estado colombiano e incluso extraditados a Estados Unidos como Simón y Sonia, reafirman un concepto “fariano” de la solidaridad. Esta mística y cohesión se mantiene, a pesar de la propaganda del gobierno orientada a desmoralizar y deslegitimar al enemigo mediante mensajes degradantes (“farándula de terrorismo sanguinario”) y el uso recurrente de adjetivos orientados a ofender al contrario (“bandidos”, “narco terroristas”, “cobardes”).

Financiación de la guerra

El cuarto factor es el de la capacidad de recursos para mantener la acción armada. El narcotráfico se convirtió en la principal fuente de recursos para las Farc por el cobro del “impuesto de gramaje” en las zonas cocaleras que, al parecer, se amplió a quienes se dedican a importar insumos y a procesar y exportar la droga.

Esta lógica de asociación con el negocio ilícito de las drogas y las urgencias de la guerra, habrían llevado a algunos frentes a participar directamente en el negocio y a múltiples formas de corrupción propias de las economías ilícitas.

Las fumigaciones de cultivos de coca no han reducido la siembra y, por el contrario, ha generado una diseminación de plantaciones en pequeña escala en diversas regiones del país, que, a su vez, ha fragmentado los carteles encargados de la exportación ilegal de cocaína. Es decir, cinco años después del Plan Colombia el resultado es que este país sigue siendo el primer productor y exportador de cocaína y que este negocio, además de la corrupción en gran escala en todos los países involucrados, asegura la prolongación del conflicto armado, lo que no deja de ser una gran paradoja.

Los extremos se juntan

El quinto factor es el mismo gobierno del presidente Uribe, cuyas acciones alimentan y retroalimentan a las Farc. Es evidente el odio de Uribe contra las Farc lo que determina el comportamiento oficial y se hace evidente en la aplicación de la política de seguridad democrática.

El presidente Uribe ganó las elecciones con un discurso de mano dura y no despeje, con el cual ha sido coherente. La idea de aniquilar al enemigo y la obsesión por la derrota militar están presentes de manera continua en el discurso presidencial y tiene correspondencia en unas Farc que intentan re-legitimar su lucha argumentando la arbitrariedad oficial (detenciones masivas y arbitrarias, falsos positivos, torturas, desplazamientos y desapariciones forzadas) o las denuncias de vínculos del primer mandatario con el paramilitarismo o los artífices de la parapolítica.

Ese ambiente de polarización se manifiesta en los inamovibles de las partes frente al acuerdo humanitario (en especial frente al despeje militar de Florida y Pradera) y aleja las posibilidades de diálogo y negociación.

La inutilidad de la guerra

Las Farc están duramente golpeadas pero no derrotadas. Tienen capacidad de resistencia y acción, pero no están en condiciones de tomarse el poder. Su tiempo, que antes era su principal recurso, se está acabando. El espacio político se agota. Los rehenes civiles y militares son ahora un problema frente a la sociedad colombiana y el mundo que reclaman el fin del secuestro y la libertad de todos los cautivos. Pueden expandir la guerra y reordenar sus frentes, pero la lucha armada no tiene futuro en el país.

Por su parte, el gobierno insiste en una política de guerra y tierra arrasada que afecta a la población civil y deteriora las relaciones con los países vecinos. No se supera la crisis humanitaria y de derechos humanos y se desborda el presupuesto en gastos de seguridad y defensa que ya superar el 6% del PIB. Colombia juega en la órbita de la política exterior de Estados Unidos, cuyo gobierno republicano está próximo a culminar en medio del desprestigio por sus aventuras bélicas.

Queda claro que la costosa guerra del Estado contra la insurgencia no ha servido para superar el conflicto armado y que las armas que por tanto años empuñaron los guerrilleros no sirvieron para resolver sus causas.

En estas circunstancias, se impone el realismo de la solución política y negociada. El comunicado de las Farc sobre la muerte de Raúl Reyes en el que reafirma su decisión de persistir en el acuerdo humanitario y en la paz, es un buen augurio. Sin embargo, el gobierno está entusiasmado con los resultados parciales de la guerra, pero debería pensar más en el futuro y menos en la euforia militarista del presente.

La crisis que enfrenta Colombia con Venezuela y Ecuador, como consecuencia de la operación militar en territorio ecuatoriano para dar de baja a Raúl Reyes y demás guerrilleros, plantea un nuevo escenario y demanda una nueva lectura de esta cambiante coyuntura



Editorial de CODHES
Bogotá, 3 de marzo de 2008


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